|
Buenas tardes,
Hace unos días estuve en Nairobi reporteando sobre los derechos sexuales y reproductivos de las kenianas: sobre cómo un fallo de un tribunal conformado por hombres ha creado un peligroso precedente para acceder al aborto sin miedo en clínicas legales, un derecho constitucional en Kenia; y sobre cómo desde un despacho en Washington, el Gobierno de Donald Trump decidió bloquear el transporte de anticonceptivos a países africanos. El derecho a decidir está cada vez menos en manos de ellas.
Este fin de semana publicamos en Planeta Futuro el reportaje sobre los anticonceptivos que nunca llegaron a Kenia. Esta historia comenzó hace un año, cuando mis compañeras Silvia Ayuso y Raquel Villaécija contaron cómo distintas ONG libraban una batalla para evitar que Estados Unidos destruyera un cargamento de casi 10 millones de dólares en anticonceptivos adquirido por la extinta USAID y guardado bajo llave en un hangar en Geel, Bélgica. Tiramos del hilo y dimos con MSI Reproductive Choices en Kenia, una de las organizaciones afectadas por el bloqueo de los cientos de miles de píldoras, implantes, DIU y preservativos.
Después, vinieron semanas de entrevistas por videollamada y verificaciones hasta confirmar la ruta que debieron hacer esos insumos hasta las manos de mujeres kenianas. A principios de mayo, viajé a Kenia y, junto al fotógrafo Diego Menjíbar, visité los centros de salud de Embakasi y Njiru y hablé con las mujeres que se quedaron esperando sus anticonceptivos. Conocí a Jane Anyongo, una mujer con un implante caducado en su brazo que no había podido acceder a uno nuevo por falta de existencias, y a Violet Mosomi, una joven que había sido madre a los 17 años y a la que le aterraba la idea de volver a quedarse embarazada. “Si en el colegio hubiera sabido que existía la planificación familiar y que podía decidir si quería ser madre, habría elegido no serlo”, me dijo. En 2026, sabe que puede elegir, pero no encuentra las píldoras para hacerlo.
También me reuní con Juliana Kingoro, una trabajadora comunitaria que sensibiliza sobre el uso de anticonceptivos en los asentamientos informales y en las zonas residenciales más pobres de Embakasi. Me invitó a dar un paseo por el barrio para que conociera a mujeres que se han quedado sin métodos anticonceptivos y a hombres que han dejado de recibir preservativos. Algunas me contaron que habían vuelto a recurrir a remedios caseros.
Después de cada jornada de reportería, regresaba al hotel, abría la mochila y me tomaba mi píldora anticonceptiva, la que cubre la seguridad social en España. Yo podía elegir; ellas, no. El lugar en el que nacimos y en el que vivimos abre una brecha: lo que es un derecho en unos lugares, en otros contextos, como el keniano, es ahora casi un privilegio.
Si mi anticonceptivo falla, también sé que puedo elegir. Que en España o en Colombia —mi país— puedo acceder al aborto de forma legal y segura, sin temor a ser denunciada ni a que el médico que me atiende termine en la cárcel. En Kenia, en cambio, acceder a anticonceptivos a través de la sanidad pública es cada vez más difícil y, si tienes la mala suerte de quedarte embarazada sin desearlo, te enfrentas a un contexto legal hostil para ti y para tu médico.
Por ahora, no hay noticias de los anticonceptivos varados en Bélgica. Salvo que, caja a caja, están caducando. En Kenia, mientras tanto, las ONG y el Gobierno tratan de hacer frente a la situación: buscan otros proveedores o negocian con nuevos socios y donantes. Juliana me escribió este domingo por WhatsApp: “He sido seleccionada para una formación de planificación familiar. Era sobre Sayana [un anticonceptivo inyectable que dura tres meses] para que las pacientes puedan recibirlo en casa”, me decía. Tenía la esperanza de que, muy pronto, pudiera llevar ese programa a su barrio.
Me despido contándoles que mis compañeras Patricia R. Blanco y Beatriz Lecumberri están cubriendo en Madrid la V Conferencia Ministerial de Política Exterior Feminista. En la inauguración del encuentro, Diene Keita, directora ejecutiva del Fondo de Naciones Unidas para la Población (UNFPA), fue tajante: los ataques contra las mujeres, desde los recortes a la cooperación o desde la restricción de derechos, “son un ataque directo a la democracia”. “Cuando una mujer no puede ser dueña de su propio futuro, se debilitan las sociedades y cuando la autonomía de mujeres y los niños se negocia, se erosiona la paz”, añadió. En contraposición, sostuvo que “cuando las mujeres y las niñas pueden ejercer sus derechos y tomar decisiones informadas, las sociedades son más resilientes, fuertes y pacíficas”.
En los próximos días, publicaremos entrevistas y reportajes con lo que ocurra en esta conferencia. Hasta entonces, no dejen de leer lo que hemos escrito en los últimos días: un reportaje sobre las personas en Gaza que han quedado sordas en medios de los ataques y bombardeos israelíes, una noticia sobre las tres vacunas que se están desarrollando contra el ébola Bundibugyo (la cepa que golpea hoy a República Democrática del Congo) y una historia sobre la doble discriminación que sufren las personas LGTBI que viven con VIH en Senegal.
¡Hasta pronto!
|