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Quedé hace poco a comer con unos buenos amigos. Como llevábamos tiempo sin vernos, decidí llevarles una sorpresa. Antes de salir de casa junté unas cuantas monedas que andaban muertas de risa en mi mesilla de noche y bajé al quiosco para gastármelas en sobres del Mundial. Te soy sincero, tenía poca idea de cómo andaba el precio de los cromos en 2026, pero pronto descubrí que, para sorpresa de nadie, la inflación también ha llegado al universo de las estampitas.
Cuando llegué al restaurante, y solo después de habernos abrazado efusivamente los unos a los otros, destapé mi sorpresa: nueve sobres de la Copa del Mundo listos para ser abiertos en grupo, casi a modo de rito. Huelga aclarar que ni yo ni ninguno de mis amigos hacemos la colección o tenemos el álbum en el que pegar los cromos. La intención no era esa, sino el simple disfrute de revivir algo que nos hizo felices.
Así descubrimos, uno a uno, entre salmorejos, carnes, postres y cafés, los 63 cromos que había comprado en el quiosco. Horas después, ya con la digestión de cada uno de vuelta a casa, una ex compañera de trabajo compartió en redes sociales que intercambiaba cromos del Mundial, a lo que respondí rápido: "Tengo nueve sobres recién abiertos, te los regalo". Ella accedió encantada, claro. ¿Quién le iba a decir al subir ese storie que le iban a llover del cielo 63 cromos de una colección que pronto comenzaría a agotar existencias?
Cuán fue su sorpresa cuando a la mañana siguiente, con nuestro encuentro aún pendiente, le envié un vídeo para trasladarle la peor de las noticias. Las lavadoras, queridos lectores, no se llevan bien con la codiciada mercancía de Panini. Es algo que quizás debí pensar antes de lavar mi pantalón con los 63 cromos todavía guardados en el bolsillo.
Fracasos mundanos aparte —ahora tengo un ladrillo con la cara de Haaland borrosa en uno de los dorsos—, la anécdota me sirvió para recordar el álbum de Corea y Japón 2002, el primero que coleccioné y, Ligas aparte, el único que traté de completar de la Copa del Mundo.
Si cierro los ojos aún veo las caras de aquellas estampitas, mucho más pequeñas que las actuales. Los jugadores de España, por ejemplo, vestían los colores de sus clubes: Real Madrid, Barcelona, Mallorca, Deportivo, Real Sociedad. Debajo aparecía su nombre, lugar y fecha de nacimiento. No me alcanzan los dedos de las manos para enumerar la cantidad de noches que retuve a mi padre pidiéndole que, en base a aquellas fechas indescifrables, calculara la edad de cada jugador. "Venga, el último y a dormir", suplicaba él sentado en mi cama. Con varios dientes aún bailando, aquello no solo saciaba mi curiosidad, me parecía mejor que cualquier truco de magia.
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