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El pasado fin de semana mi compañero Jesús Ruiz Mantilla publicaba en El País Semanal un reportaje sobre una de las cosas que más me gustan en la vida: la siesta. Resulta que esta increíble tradición tiene su origen etimológico en la palabra “sexta”, ya que en época de los romanos se dividía la luz del día en 12 horas y la sexta coincidía con el mediodía, la hora en la que aún hoy los afortunados suelen echarse una cabezadilla.
La siesta es sinónimo de detener nuestro ritmo productivo, nuestra ansia; de echar el freno por un ratito para coger fuerzas. Por eso, cuando Byung-Chul Han recogió su Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades el año pasado, el filósofo autor de Vida contemplativa nos animó a que dedicáramos nuestro tiempo a, dijo, “más fiesta y más siesta”.
Hace un par de meses se organizó en Madrid una siesta colectiva en los jardines de Sabatini dentro del programa Sacar las camas a la calle. El profesor de la Complutense Evaristo Valls fue uno de los participantes y para él, esta práctica, es, sobre todo, una oportunidad: “El valor de la siesta es que consiste, por así decirlo, en dormir a destiempo. Eso supone detener el tiempo diurno y sus dinámicas. Nos permite preguntarnos si esos ritmos capitalistas son los tempos de la vida o van en su contra. Parar es siempre la oportunidad de pensar, de preguntarse, de escuchar, de tener un acceso alternativo a la experiencia. La siesta encarna todas estas prácticas, y por eso no es solo un hábito: es un arte y una política”.
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