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Brasil acaba de celebrar la primera vuelta de unas elecciones gigantescas: casi 160 millones de electores fueron llamados el pasado domingo a las urnas para elegir presidente, gobernadores, diputados y dos tercios del Senado entre unos 20.000 candidatos. Una pugna concentrada en dos candidatos a años luz el uno del otro, el tres veces presidente Luiz Inácio Lula da Silva, por el Partido de los Trabajadores (PT), de izquierdas, y el senador Flávio Bolsonaro, hijo del también expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro y candidato del Partido Liberal (PL).
Mi compañera Naiara Galarraga Gortázar, corresponsal de este periódico en ese país, ha cubierto ya tres elecciones presidenciales y se ha dado cuenta de lo que ha cambiado la sociedad brasileña:
“Cuando yo llegué, Lula era un cadáver político, estaba en la cárcel, no se veía prácticamente el color rojo del PT por las calles, había muchísimo amarillo, había una euforia en el bolsonarismo, una euforia antipolítica”.
Ahora, Bolsonaro padre está condenado a 27 años de cárcel y ha colocado a su hijo Flávio como candidato, con muy buenos resultados en esta primera vuelta, en la que ha ganado a su oponente por un pequeño —pequeñísimo: 47,1% frente al 45%— margen que, sin embargo, le facilita las cosas para la segunda [vuelta], el 25 de octubre.
Y precisamente por esto merece la pena detenerse hoy en Brasil; además de ser el país más poblado y la mayor economía de América Latina, los resultados de esta primera vuelta electoral con el avance del bolsonarismo dibujan un continente en el que las derechas y ultraderechas han ganado muchísimo terreno en los últimos años, hasta el punto de que ya solo México, la otra gran potencia entre los Estados latinoamericanos y caribeños, mantiene un Gobierno de izquierdas.
Este duelo entre Lula y el bolsonarismo es la cara A de las elecciones, pero hay una cara B igual o más importante: que Brasil es hoy un país profundamente dividido y con una población cada vez más harta de que los políticos no resuelvan sus problemas cotidianos como la pobreza, el desempleo y la inseguridad, relata mi compañera:
“Hay dos Brasiles que se hablan tirando a poco. Hay un hartazgo y hay un cansancio, y vuelve a cundir mucho el desánimo y el descontento con los políticos en general. Está muy extendida esta idea de: ‘Voto porque es obligatorio; [lo es entre los 18 y 70 años]. Voto por el menos malo, pero estos solo piensan en sí mismos y mi vida sigue siendo complicadísima".
En la cobertura de estas elecciones participaron unas 20 personas de esta casa, incluidas Mar Centenera y María Martín, que viajaron desde Buenos Aires y Bogotá para tal efecto. Tuvieron que poner a prueba su paciencia y su sangre fría para dar los resultados lo antes posible, pero sin perder rigor. Ante una elección tan ajustada, hay que saber esperar porque en Brasil no se hacen encuestas a pie de urna, así que el resultado llega directamente de las urnas electrónicas:
“Hay que estar ahí, en un caso tan empatado como este, con nervios de acero, casi como un piloto de Fórmula 1, para esperar a que esté el resultado y a que quede claro y ya no pueda haber vuelta atrás”, me explica Naiara.
El trabajo de mis compañeros al otro lado del Atlántico ha sido ingente; aquí dejo unas pinceladas del mismo, para mí algunos de los mejores reportajes, pero ha costado decidir, aviso:
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