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El Real Madrid es la casa de los líos. El problema es que, a diferencia de aquella serie de finales de los 90, los espectadores no sabemos hoy si reír o llorar.
En menos de un año, el club de Chamartín ha pasado de despedir a Carlo Ancelotti con contenido desdén —como si estuviera mayor y sus mejores días ya hubieran pasado, como si su mano izquierda ya no sirviera en esa caseta hoy convertida en polvorín, como si los títulos no contaran, como si un año en blanco pesara demasiado en una institución como esa— a convertir en inútiles a dos entrenadores jóvenes, con pasado en la casa y llamados a marcar el futuro. Al menos, en el caso de Xabi Alonso, quien por su experiencia y palmarés reciente, se había convertido en uno de los técnicos más deseados en Europa. Él aspiró a tener la autoridad de ese vestuario lleno de estrellas y egos rebosantes, pero el presidente prefirió tomar partido y ponerse del lado del 9, la figura, un Vinicius que osó retar al entrenador y se salió con la suya.
A partir de ahí, ya nada fue a mejor. El Madrid no jugó mejor con Arbeloa que con Xabi, no ganó más, ni llegó más lejos. Al revés. Tampoco recuperó el nuevo entrenador el control del grupo, pese a sus intentos y su discurso, siempre aglutinador.
El remate fueron unas cuantas broncas, violencia expresa, verbal y física, según ha trascendido. Y eso, por cierto es lo que más preocupa al club, no que sus futbolistas se líen a mamporrazos, algo que según el propio Florentino Pérez pasa todos los años. Y alguno pensaría que cada día, como si a Valdebebas fueran los futbolistas a entrenar artes marciales y no estuviéramos hablando de fútbol, un deporte, supuestamente de caballeros.
De aquellos barros, estos lodos. Florentino Pérez ha convocado elecciones, que, con esos estatutos que ha ido moldeando desde que llegó a la institución hace 20 años, es poco más que una demostración de fuerza, de tan complicado como se lo pone a los socios de ese club que dice no le pertenece a él, sino a todos ellos. Ya estamos en campaña, y bien que ha recogido el guante el empresario alicantino Enrique Riquelme. Lo más probable es que no las ganes, si es que logra presentarse, pero hoy ya sabemos todos quién es, qué imperio ha levantado antes siquiera de llegar a los 40 y por qué tiene “acento mexicano”.
Y en plena campaña no desaparecen los líos tampoco en el campo. La última: otra rebelión de la otra figura del equipo, un Mbappé que tras llevarse anoche una sonora pitada de la grada, se fue para casa a gusto. Quiso dejar a Arbeloa en evidencia. “No he jugado de titular porque me ha dicho que soy en cuarto delantero”, espetó. Cuesta adivinar cómo terminará el culebrón, pese a la certeza de que el entrenador vivirá los pocos partidos que le quedan sin casarse con nadie más allá de Florentino, el presidente de la casa de los líos.
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