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Buenos días a todo el mundo. En junio y julio, megaterremotos azotaron Venezuela y Japón; en las últimas dos semanas, grandes sismos sacudieron Colombia e Indonesia. Es muy pronto para conocer el recuento de los daños de los sismos en Colombia e Indonesia; ambos países siguen escarbando entre los escombros y las cifras de muertos aún no son definitivas. Pero cuando comparas a Venezuela y Japón, hay una diferencia muy sorprendente. En Venezuela, la cifra oficial de muertos supera los 6000; en Japón, es menor a 40. En esta edición escribo sobre por qué a algunos países les va mucho mejor que a otros cuando se trata de desastres naturales. En parte es por el dinero, pero no se trata solo de eso. También:
6100 muertes; 39 muertesEl 24 de junio, dos terremotos masivos sacudieron Venezuela, y entre ellos pasó aproximadamente medio minuto. Ambos registraron una magnitud superior a siete. Ocurrieron cerca de los principales centros urbanos. Y comenzaron cerca de la superficie de la tierra, lo que significó que el movimiento fue particularmente poderoso. Japón fue azotado por un solo terremoto, cuya magnitud fue de 6,8. Pero el sismo compartió varias similitudes con los de Venezuela. Su poca profundidad también produjo un movimiento intenso; su epicentro también estuvo cerca de zonas densamente pobladas. Sin embargo, al menos 6100 personas murieron en Venezuela, y es muy probable que hayan sido más. En Japón, la cifra de muertos es de unas cuantas decenas. ¿Qué explica el hecho de que en un lugar zonas enteras quedaron arrasadas y en otro solo unos cientos de edificios sufrieron daños o colapsaron parcialmente? Parte de la respuesta es simplemente dinero; Japón es un país mucho más rico que Venezuela y ha gastado una cantidad enorme en prepararse para terremotos. Pero como demuestran reportajes recientes de mis colegas tanto en Venezuela como en Japón, la diferencia radica en la relación que las personas tienen con sus gobiernos.
Lecciones aprendidas a la mala Kumamoto, la zona más afectada por el reciente terremoto en Japón, es un caso de estudio de resiliencia. En los días posteriores al desastre en Japón, tres de mis colegas viajaron por todo Kumamoto. Vieron casas de madera que se habían derrumbado y carreteras contrahechas. Un centro comercial destruido por una explosión de gas posterior al sismo estaba en ruinas. Pero lo que más les llamó la atención fueron todas las señales de una región bien preparada para lo peor: centros urbanos, puentes y casas a prueba de terremotos, y comunidades capacitadas en búsqueda y rescate. Kumamoto, dijeron, había aprendido activamente de un par de terribles terremotos que destruyeron más de 8000 edificios y causaron más de 270 muertes hace una década. El primer paso fue mejorar la infraestructura física. Desde el desastre de 2016, el gobierno local y el de la prefectura de Kumamoto han subsidiado a los propietarios para que refuercen sus casas. La adaptación antisísmica costó decenas de millardos de dólares. Para 2024, alrededor del 90 por ciento de los edificios en la prefectura de Kumamoto cumplían con los estrictos estándares nacionales de resistencia a terremotos de Japón. El segundo paso fue recurrir a lo que mis colegas llaman la “cultura de ayuda mutua profundamente arraigada” de Japón para mejorar la respuesta ante emergencias. En todos los pueblos y aldeas a los que fueron, conocieron a líderes comunitarios que habían capacitado a los lugareños para actuar en las horas previas a la llegada de los rescatistas. Los residentes ahora llevan a cabo rigurosos simulacros de desastres bienales y se les asignan roles de emergencia, como atender centros de evacuación o cortar techos con sierras para rescatar a las víctimas atrapadas. La respuesta bien organizada que se produjo este verano contrasta con lo ocurrido en Venezuela, donde los civiles también intentaron participar en su propia respuesta al desastre, bajo circunstancias muy diferentes.
Un oscuro paralelismo Al igual que Japón, Venezuela tiene una larga historia de terremotos. Fue uno de los primeros países en adoptar un código de construcción sísmica, en 1939. Ese código fue revisado y mejorado en 1967, tras un devastador terremoto en Caracas. Durante gran parte del siglo XX, Venezuela también fue un país relativamente rico, debido a su petróleo. Pero, como informan mis colegas, el chavismo, un sistema de socialismo autoritario, en combinación con sanciones internacionales, cambió eso. Para sobrevivir, el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela “recortó presupuestos, facilitó esquemas de corrupción, reprimió la disidencia y priorizó la lealtad sobre la competencia”, escriben. Lo que vimos este verano fueron las consecuencias directas de algunas de esas decisiones. La corrupción significó que el poco dinero disponible a menudo se desviaba a expensas de la preparación para emergencias, por ejemplo. Los recortes presupuestarios provocaron que, para cuando ocurrieron los terremotos, los equipos de emergencia no fueran ni la sombra de lo que eran. Casi no había maquinaria funcional para escarbar entre los edificios derrumbados y había menos aviones operativos para llegar a las zonas de desastre, un problema agravado por los ataques a los aeródromos llevados a cabo por Estados Unidos cuando capturó al presidente de Venezuela en enero. Y, lo que es crucial, años de represión hicieron que los venezolanos ya no confiaran en que su gobierno los ayudaría en una crisis. Mis colegas describen escenas trágicas de personas que acudieron en masa a La Guaira, la zona más afectada, para ayudar, y al hacerlo, bloquearon sin darse cuenta la principal carretera de la región y obstaculizaron las labores de rescate, una especie de oscuro paralelismo con los escuadrones ciudadanos de rescate en Japón. Personas heridas murieron en ambulancias detenidas; los trabajadores de emergencia se quedaron atorados en el tráfico. Japón no solo es un país más rico que Venezuela. También es una democracia donde existen más mecanismos para que los ciudadanos exijan cuentas a sus funcionarios. Los niveles de corrupción son relativamente bajos. La confianza social es relativamente alta. Las relaciones causales entre todas estas cosas no siempre son directas; sin embargo, lo que está claro es que, en un desastre, todas pueden volverse importantes. Las lecciones aquí van más allá de los terremotos. El cambio climático significa que se avecinan más desastres naturales, sin importar dónde vivamos. Eso hace que la resiliencia social sea cada vez más crucial. Pero no todos los gobiernos la facilitan. OTRAS NOTICIAS DESTACADAS
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