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Cuando hace un mes preparaba las lecturas vacacionales, saqué prestado de la biblioteca Orbital, de Samantha Harvey. Tal vez estaba ya influida por la temática del eclipse que ha inundado todo estas semanas, pero no era consciente. El libro cuenta las reflexiones y sentimientos de un grupo de astronautas (y cosmonautas) en la Estación Espacial Internacional. A pesar de que pueda sonar muy lejano, es muy fácil sentirse identificado con sus dudas existenciales y con sus pensamientos sobre qué lugar ocupamos en este universo inabarcable, del que somos una parte insignificante. El libro —y el eclipse, claro— han sido de lo mejor de mis vacaciones, que acabaron ayer.
Encontrarme con este texto en Ideas sobre el tamaño del universo nada más regresar a la redacción ha rescatado la fascinación que sentí mientras leía. Fascinación por la presencia ínfima que suponen los humanos y las distancias (temporales y espaciales) inasumibles para nuestras cabecitas que rigen en el cosmos. Podría sonar desalentador o deprimente, pero también puede servir para relativizar y ayudarnos a tomarnos menos en serio, como como dice el arranque del artículo:
“Tal vez el jazmín en la maceta está tan seco que dan ganas de llorar, quizás las patatas de la tortilla se han cocido demasiado, probablemente da miedo echar un vistazo a la deriva de la política nacional. Ante situaciones así, una opción es respirar hondo y alzar los ojos hacia el cielo. Sea de día o de noche —con o sin eclipse—, el misterio y la belleza del firmamento ayudan a mantener algo de perspectiva”
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